Fue más o menos a los once años de edad cuando comenzaron a
rodearme las miraditas, esas sigilosas miraditas de reojo hacia el trasero, o
esas chupadas de labio con los ojos dirigidos a la vagina. Once años de edad y comenzaba a sentir incomodidad de usar calzas, o de
pasar en frente a una construcción. Me parece insólito, ahora a los
veintiséis, haber sentido a los once
años que esa seguidilla de acciones era parte de “lo normal”, era momento de
crecer, ya nos crecieron los pechos y nos salió el vello púbico, había que comenzar a cuidarse, a estar
atentas y ser pillas, ya somos
mujeres, listas para….
Han matado a más de 20 mujeres durante el año 2016, acá en Chilito, a la vuelta
de la esquina, en la casa del vecino, a tres estaciones de metro de nuestro
trabajo, en nuestras narices (y esto se repite en cualquier lugar del mundo
donde te encuentres parado).
Cuando los femicidios comenzaron a aumentar (o más bien, comenzaron a darse a
conocer, debido a la masificación de las
redes sociales), pensaba en lo horrible que debió haber sido para aquella mujer
estar ahí en ese momento, pensaba en lo que haría yo si me ocurriera algo
similar o ingeniaba mentalmente estrategias para defenderme, pensaba también en
la suerte que había tenido en mi adolescencia, en esa ruleta rusa, que gira día
a día, en las calles, al aceptar la invitación a salir con alguien, al caminar
por una calle sola o de noche, al ir a una entrevista de trabajo, al levantar
la voz a un hombre que no conoces del todo… nunca di un sí fatal, no llegué a
manos de un enfermo… pero no todas tuvieron la misma suerte.
Hemos crecido con miedo y ahora tenemos terror e incluso algo mucho peor: odio. El odio se respira, se
lee, se ve, se siente en el alma… ese resentimiento, que de alguna forma no
queremos sentir, pero que nos nace de las vísceras, como una necesidad, como una fuerza que nos motiva, como una nueva
identidad femenina, que nos hace luchadoras, rudas, fuertes y resistentes.
Pero yo me pregunto, ¿hacia dónde? ¿hacia quién?, ¿qué es realmente lo que
odiamos? ¿a los hombres?, ¿al asesino?, ¿a nosotras mismas, por no haber nacido
más fuertes para poder defendernos? ¿a la especie? ¿al miedo mismo?.
Antes de haber tocado fondo con la ira ante tanta masacre, pensaba
que el arma contra el miedo era el amor, pero esa idea quedó obsoleta, basta
ver cómo vivimos: rejas en las ventanas, alarmas de seguridad en las casas,
cadenas, candados, desconfianza, hostilidad.
Pues entonces más aún, en esta gran lucha contra el mayor de los miedos,
la muerte, debemos responder y defendernos con la misma moneda. Suena primitivo
y vulgar, pero hay hechos en los que topándome con esta realidad lo he
comprobado. Dentro de mi pesimismo, creo que el mundo está devastado, nos
topamos de frente con una realidad que no es más que la realidad de las
condiciones que tenemos como especie humana: hombre y mujer/fuerza y debilidad,
y ojo que la fuerza física claramente no es excusa, es el triste motor depositado
en una especie enajenada que no la sabe usar. Por lo mismo, nuestra bandera de
lucha y en lo único que podemos depositar fe, es paradójicamente en la
violencia, en la autodefensa, en el miedo, imagínense, el miedo, nuevamente
aparece el miedo, pero esta vez del otro lado.
Recuerdo que una vez, cuando estaba
embarazada a los veinte años, estaba profundamente triste porque sentía que la
vida no estaba siendo justa conmigo, sentía que era totalmente injusto que el
padre de mi hija siguiera con su vida como si nada, sin vivir ese embarazo, sin
hacerse siquiera cómplice de este estado, y en un almuerzo que tuve con mi papá
y su pareja, exploté a llorar, y ella me dijo: “pero Maca, si la vida no es
justa, la justicia no existe, nos han enseñado mal, eso lo puedes notar en la
naturaleza, en la naturaleza el más débil siempre sale perdiendo, ¡y es
así!...”
En ese minuto, lo entendí, pero
entenderlo no hizo que me sintiera mejor. Como todas las cosas, el tiempo y la digestión
dan el resultado de lo que vamos viviendo y adquiriendo. Lo hacemos no una vez
que lo entendemos, sino una vez que lo vivimos.
Aquí, nos encontramos cara a cara con la realidad, la realidad que aceptamos
como real porque viene de nuestro interior, ese odio triste con el que leemos
cada noticia macabra es real. Así creo que una cosa es cierta: estamos en
guerra… una guerra que se está peleando, pero llena de interrogantes, de dardos
mal tirados, de miedos y rabias que apuntan a un lugar en el fondo desconocido,
ese lugar donde está el rival, pero… no
conocemos al rival. Sabemos que son los hombres, pero ahí topamos en que son
sólo algunos los que matan, entonces apuntamos al machismo, a la crianza, a los
valores, a la educación sexista, el famoso patriarcado, a las mismas mujeres
criadoras de machitos, ésos que no saben ni siquiera hacer una cama, pero… ¿Son
realmente esos lugares dónde encontramos las respuestas a las muertes, a las
torturas, a las violaciones?, pensar que la respuesta es sí, es lo que tiene al mundo “movilizado” por una
causa que vista con ojos de esperanza tiene solución, quizás después de siglos
de batalla, pero tiene solución.
Durante años se ha “competido” entre
hombre y mujer, siempre ha existido esa lucha, ese gallito constante, desde lo
más cotidiano (cómo la hostilidad que hay en un hogar dónde las labores no son
realizadas por ambos de manera justa),
hasta lo más intangible (como llegar a medir inteligencias, capacidades
cognitivas o destrezas laborales). ¿No parece absurdo?, créanme que no lo es,
más que la vida misma.
Se ha intentado identificar el problema, se ha hablado de machismo, de patriarcado,
de derechos, de igualdad, pero hay una cosa que escapa a todas esas
calificaciones: la psicopatía, el degeneramiento, y todas las naturalezas amorales que provocan la muerte y el caos
social. En esta batalla hay dos enemigos: el asesino y la estupidez. Por un
lado debemos defendernos y por otro lado debemos reeducar, reeducarnos, disciplinarnos,
hacernos cargos del “yo mismo”, reconstruir las ideas de un patrón o norma que
instruya y conduzca nuestra naturaleza violenta.
